PREGÓN FIESTAS de SANTA ANA
PEÑARANDA DE DUERO
Vicente Arranz
25 de Julio de 2018
Gracias Alcalde.
¡Bienvenidas sean
las fiestas de Santa Ana y bienvenidos todos a la fiesta!
Autoridades,
vecinas y vecinos, amigos de Sevilla y demás personas aquí presentes...
Muy
buenas tardes y muchas gracias por vuestra asistencia.
Al verme aquí, casi
levitando delante de todos vosotros, se me viene aquello de…
“Este no es mi Juan que me lo han
cambiado por el hijo de D. Gregorio” como dijo Paco “Cadaja”, al estrenar su hijo Juanito un abrigo nuevo para “la
entrada en Quintos”. Juanito se quitó
el abrigo y a pasar frío (era Año Nuevo). En mi caso, hoy que precisamente no hace frío, me siento arropado con una faenita de abrigo.
Tal vez por eso, mi
presencia en este acto se justifique, aparte
de la invitación del Sr. Alcalde,
porque a mi manera intentaré poner voz a quienes sentados aquí delante tenéis
más méritos acumulados que yo para estar en esta tribuna. Y también, como
agradecimiento a mi familia, amigos y a muchos de los presentes que tanto me habéis ayudado.
Quiero comenzar
este pregón con el resumen de un cuento de Eduardo Galeano, un uruguayo de
izquierdas, un poco cascarrabias y gran escritor. Y lo quiero hacer en memoria
de todos los que habéis contado o escuchado cuentos de “lumbre”, como aquellos
que me contaba de chico mi abuelo “Polones”, aquellos de “érase una vez… y colorín colorado este cuento se ha acabado y por la chimenea el humo se lo ha llevado…”
“…Un buen día, la alcaldía encargó una
escultura para colocarla en la plaza del
pueblo.
Un camión trajo un bloque de piedra muy grande que descargó en el centro de
la plaza.
Poco después un niño que marchaba con
su familia de vacaciones, preguntó a un hombre que estaba en la plaza mirando la piedra.
-¡Señor! ¿Qué es esa piedra tan grande?
-¡Un
caballo! Contestó el hombre que
tenía en sus manos un cincel y un martillo.
Cuando la familia regresó de vacaciones, el niño al ver la escultura del
caballo en medio de la plaza y al escultor dando los últimos retoques le volvió
a preguntar:
-¿Pero Señor, como sabía usted que dentro de la piedra estaba el caballo?”
El Arte es curiosidad
y mágica sorpresa, como las que siente el niño del cuento o las que descubren
muchas de las personas que nos visitan.
El Arte… que aquí
lo tenemos en el paisaje y en el paisanaje; enterrado en las bodegas u oculto en el nombre de las calles; y ¿cómo no?
expuesto en las piedras de nuestras casas y monumentos.
Un Arte que
enseñorea a quien lo descubre,
irrita a quien lo
ignora,
y llena de
mediocridad a quien lo destruye.
Un Arte que desde
1923 está declarado en Peñaranda, Monumento Histórico Nacional de máxima
protección y conservación.
“Castilla tiene castillos”, escribía el
joven poeta andaluz Rafael Alberti, que con solo 23 años
acababa de recibir el Premio Nacional de Poesía, cuando vino a Peñaranda
en 1925 para conocer en Castilla, “el mar de tierra adentro”.
Llegó,
posiblemente desde La Vid, por esa
carretera entre viñas tan
estrecha y blanca que obligaba a los coches a seguir el cansino rodar de los
carros. Alberti, en esa retención obligada, escribió unos versos que se han estudiado como modelo de
romance popular en multitud de centros de enseñanza de toda España.
Y… ¿por qué no? debieran estar escritos a la entrada del pueblo.
Peñaranda de Duero
¿Por qué me miras tan serio,
carretero?
Tienes cuatro mulas tordas,
un caballo delantero,
un carro de ruedas verdes,
y la carretera toda
para ti,
carretero
¿Qué más quieres?
¡Y
es que algo tendrá el agua cuando la bendicen! porque ese mismo día de verano al
atardecer, Rafael Alberti sentado sobre una de las piedras que hacían de banco,
durante la espera de las mujeres para coger agua en la fuente de la plaza, contemplando emocionado
el abandono de este conjunto monumental
del que hoy tanto presumimos, volvió a escribir:
¡Dejadme llorar aquí,
sobre esta piedra sentado,
castellanos,
mientras que llenan las mozas
de agüita fresca los cántaros!”
Seremos
europeos de Castilla…Pero sobretodo, somos lo que hemos vivido y cuando
nos vayamos dejaremos nuestros logros convertidos en patrimonio. Esa será
nuestra permanencia y por eso
se nos recordará.
Decía J. Antonio
Sagardoy, un jurista y profesor emérito navarro que solo dos legados podemos
dejar a nuestros hijos: raíces y alas.
Raíces o
tradiciones para que nos aten a la
tierra donde hemos nacido.
Y alas o ilusiones para crecer, para
mejorar y mantener todo lo bueno que los
otros nos han dejado.
No hay mayor desgracia
para un pueblo que desconocer su historia.
Por eso, nunca
agradeceremos bastante a Domingo Ximeno Ximeno, su interés por dar a conocer a
todo el mundo lo mucho que sabía y
quería a su pueblo.
Gracias también a
Teresa y José, por enseñarnos desde el espacio “A Cántaros” en la calle El Río,
cómo eran los vasos y cuencos de cerámica que utilizaban las gentes que
vivieron por estos cerros hace 4.000 años. ¡Qué suerte que estéis aquí para
hacer un trabajo tan interesante!
De la época romana, la sombra de Clunia es
alargada….
Entorno al año 1000
existía un torreón del conde de Castilla
en la peña. Y en la ladera sur, entre la calle Castillo y Vallejo, nació
poco después la Pennam Aranda de los documentos medievales, tan desaparecida
que hoy nada sabemos de la aldea medieval ni del barrio judío, que los hubo, ni
siquiera donde estaban las Iglesias de S. Martín y la de S. Miguel que se
derribaron al construir la Colegiata,
pero que a buen seguro más pronto que tarde aparecerán.
El s. XV es el
siglo del Castillo, del Rollo y del primer conde de Miranda, nuevo “Señor” del
lugar y dueño de vidas y haciendas. “Un prenda”, D. Diego López de Stúñiga, segundo hijo del Adelantado de Castilla, que
fijó en Peñaranda la sede de su Mayorazgo al casarse con Aldonza de Avellaneda, la noble
y rica “señora” de estas tierras de la “extremadura” castellana; y que hizo
construir el Rollo y el Castillo como muestra de su poder. No fue la dulce
Cantamora quien vivió cautiva en el
castillo, sino esta señora despechada, mientras su marido se iba de picos
pardos para tener amores con la condesa de Treviño.
La edad de oro vino
poco después con el Ducado de los Zúñiga Avellaneda y sus altos cargos en la
Corte de los Austrias, que convirtieron
a Peñaranda en residencia de su linaje, tras haber mandado construir “la villa
nueva” con todos los monumentos, incluida la muralla que nunca se llegó a
terminar.
En el s. XVII se marcharon
los Duques y el Cabildo de la Colegiata tomó el relevo como “gran señor” del
lugar con su Abad o Prior mitrado y sus 20 dignidades eclesiásticas, más
conventos, hospital y unas rentas comparables a los grandes de la zona.
Del XVIII son las casas solariegas de
la Calle Real, muchas de las bodegas y una duquesa culta y afrancesada, Paca de
Sales Chacón y Portocarrero que paseó el nombre de Peñaranda por los exquisitos salones de la nobleza del mismísimo París.
Luego… años de
ensoñación romántica y decadencia.
…La nobleza, como
D. Cipriano Palafox o la casa de Alba,
vendió el alma al diablo y sus propiedades al mejor postor (unos
comerciantes de origen manchego que todos conocéis).
Y la Iglesia,
asfixiada por los amigos liberales y descreídos de M. Flores Calderón, perdió
sus ingresos y cerró el chiringuito (se convirtió en ex-colegiata sin canónigos
ni capellanes y todas sus casas que ocupaban el entorno de la Iglesia tuvieron que
ser vendidas).
Para proteger a
Peñaranda del expolio, en el s. XX se declaró
Conjunto Histórico; a la vez que se construyeron las Escuelas, los
Puentes sobre el Arandilla y el Pilde y el Cementerio de los Arenales.
Y después vino la Guerra Civil con los vencedores
cortando “la vieja olma” para levantar la casa del médico y el antiguo frontón
de pelota que estaba detrás; y los perdedores, los más se quedaron en silencio;
algunos otros, pocos, fueron silenciados
para siempre junto a la tapia de algún cementerio de la zona; todavía hoy los familiares
siguen esperando con justicia, la recuperación de sus cuerpos y una placa con
los nombres y el motivo de su fallecimiento.
Desde el año 1950,
comenzó la gran despoblación, pero también la restauración de los monumentos del pasado y
el crecimiento económico del presente.
Pero en esa década ya
estábamos nosotros y eso ya no es historia sino política, y de
política no he venido a hablar, aunque sí quiero agradecer la aportación de
todos los que han colaborado para mantener
vivo nuestro pueblo y su patrimonio (llámense
Amancio, Alejandro, Arenillas o Pons Sorolla).
Decía Platón que
dentro de cada “polis” existen al
menos dos historias: la historia de los ricos que acabo de contar y la historia
de los pobres que no se debe olvidar.
La historia de esas generaciones anónimas de sirvientes,
criados o pequeños labriegos de espinazo roto y vida dictada a toque de campana
de la iglesia.
Unas vidas cortas, llenas de
privaciones, trabajos y pícaras travesuras como las de Zoquero, Coria, Urbano…y
tantos otros. Vidas salpicadas de desgracias
e injusticias que se llevaron a la tumba para que no las pudiésemos heredar;
aunque siempre estarán en nuestra historia por méritos propios, por el reconocimiento
que en vida se les negó y sobretodo, porque sin ellos no estaríamos nosotros.
La historia está muy bien, porque nos
hace creer que fuimos ricos en el pasado y que a los pobres les dimos “santa
sepultura”; pero no se vive solo de nostalgias, ni de recuerdos, sino de mejorar
cada día mirando hacia el futuro.
Este invierno se
estrenó la película: ”Muchos hijos, un
mono y un castillo”; cine documental sobre esa clase media española simpaticona
y sin complejos que tanto molesta a quienes se sienten retratados en ella como
nos divierte a los que con sano humor nos reímos un poco de lo que somos. Y
seguro que Gustavo Salmerón, su
director, no estaba pensando en nosotros, en Peñaranda, pero es que el título es nuestro fiel retrato.
Hace 50 años eso
era Peñaranda, muchos niños por la
calle, un mono “siempre tiene que haber alguno que haga las comedias”, y un castillo
tieso en lo alto de la peña.
Claro que desde
entonces hemos crecido mucho, y tanto… como que ahora somos “cuatros monos sin
hijos” y un castillo casi nuevo pero… para
los turistas.
Y es que habrá que tener
más chiquillos. ¡Que suenen más los jergones que con tanta viscoelástica nos vence el sueño y no se escucha la música
de los muelles! Si al final va llevar razón Juanín cuando a la amenaza de su padre: “desgraciaos os voy a
matar a todos” le contestó: “¡Padre! Y, ¿no va a dejar a ninguno para simiente?”
Con 83 años de vida media, los españoles somos junto a Japón
los más longevos del planeta, pero necesitamos niños que alegren los rostros
afilados de nuestros mayores, si nace un niño y mueren quince viejos, más pronto que tarde se irán apagando las
luces de las casas y sus tejados se vendrán abajo; luchemos para que eso nunca suceda:
Haber reconstruido
el colegio, ayuda.
Que el pueblo esté
más limpio y habitable, facilita.
Que las pocas
parejas jóvenes se queden a vivir aquí, es
un alivio.
Pero necesitamos
más pequeñas empresas: agrícolas, turísticas, de construcción o de lo que sea…que
creen puestos de trabajo y ocupen las casas, llenen de gente las calles y de
negocio las tiendas y los bares.
Porque “cuatro golondrinas no hacen verano” y confiar
solo en los turistas y los veraneantes no será la solución.
Mientras nos
pensamos “el creced y multiplicaos”… Veamos unas fotos, como en las reuniones de amigos, para animarnos y venirnos arriba.
La fotografía es un
relámpago entre dos oscuridades, decía el poeta sevillano Vicente Alexandre,
por eso como si de fotos se tratara quiero despedirme con tres pequeños
chispazos de realidad, en recuerdo de aquellos fotógrafos que nos han
inmortalizado para siempre; como son Ramón Masachs, Florentino Lara y Paco
Santamaría.
En las fotos que
nos hizo Ramón Masachs en los años 60
está el pueblo gris de la postguerra, la última flor de la pobreza, la
melancolía de un mundo a punto de desaparecer, la primera foto robada en blanco
y negro de quienes ahora guardamos miles
a todo color en nuestro móvil del
bolsillo.
Las fotos de
Florentino Lara recogen la grandiosidad de nuestros paisajes y los monumentos:
“Castillos tiene Castilla”, que no tiene mar. Y aquí no hay playa, vaya,
vaya, ni piscina con los veranos tan largos que
padecemos, ¡Sr. Alcalde!
Paco Santamaría, hace solo dos años, nos metió a
todos en el palacio; ¡por fin!, las gentes del pueblo en fotografías a tamaño
real colgando su dignidad de las paredes
de ese edificio que se construyó sobre
sus espaldas para ser habitado por “otros” que nunca se
sintieron de aquí. Con la exposición de
Paco se cerró el ciclo, convirtiendo por unos días ese edificio de “otros” en nuestro,
“nuestro palacio renacentista de Peñaranda”.
Gracias Paco y
gracias Asociación Cantamora por aquella magnífica exposición.
No quiero marcharme
sin expresar un deseo:
“…Que todos los relojes de Pepe Cerezo sigan
contando el tiempo, cada uno por
separado, para sonar juntos a las 12”.
Y que todos los que
os preocupáis por mejorar la vida en el pueblo: Ayuntamiento, Cantamora,
Oficina de Turismo, Asociación de Jubilados, empresas y establecimientos
públicos, cazadores, peñas, quintos y demás anónimos voluntarios, no os
olvidéis de los relojes de Pepe, que
siempre suenan juntos cada 12 horas.
Os noto impacientes,
pero tranquilos que ahora sí ya termino; y quiero concluir con aquella arenga del viejo
profesor y alcalde de Madrid, Don
Enrique Tierno Galván que en uno de sus bandos municipales anunciando la llegada de las fiestas,
proclamaba:
Vecinas y vecinos:
¡…Fuera
todas las tristezas, las envidias y los celos!
¡Bebed
y Colocaos!!!
¡Trasnochad
y no dejéis de mover el esqueleto!
¡Qué
acaban de comenzar las fiestas!!!!!!
¡Viva las fiestas del pueblo!!!
¡Viva las fiestas
de Peñaranda!!!
¡Gracias y hasta
siempre amigos!!!
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